Entrega IX Diario de la Pandemia

Por Efraín Bucler

Día 25 – Jueves 9 de abril

Viajo sin ganas y me arrepiento de elegir el auto porque veo una enorme hilera de vehículos ni bien subo la autopista. La Ciudad de Buenos Aires está llena de gente rara.  Esa clase media porteña que necesita alguien que le cocine, lave los platos y cure pero no quiere dejarlos pasar. Una hora de demora que propicia todo tipo de malhumores.

En el trabajo el Viejo nos carga porque por primera vez en la historia trabajamos un jueves santo. Le contesto a su broma que no soy creyente y que no me importa trabajar el viernes santo también. Pero la verdad es que ya no quiero estar acá, en este lugar que algunos llaman La Primera Línea y que para mí es el foco de contagio. Porque ésta no es una guerra ni una lucha revolucionaria como para estar orgulloso de nuestra situación. El director Casan no está así que aprovecho para hacer un listado de prioridades de los trabajos que me dé lugar para visitar a gente que necesito ver para tener un panorama de cómo están las cosas.

A esta altura solo espero que la pandemia nos deje algo de qué agarrarnos para tener esperanzas, fe. Pienso en lo ridículo que es un ácrata que tiene fe pero más ridículo aún es pensar que las clases acomodadas del país nos dejen algo para cuando la pandemia ya no esté. También pienso que dejé mucho de mí en el viaje al trabajo y no quiero renegar más, así que me voy al vestuario porque en minutos se cumple el horario de salida. Y porque la familia me espera para descansar de todo esto.

De regreso en el auto escucho: “Los muertos”, de Acorazado Potemkin.

 Día 26 – Viernes 10 de abril

Viernes santo y me despierto tarde, muy tarde. La Cuarentena Administrada empieza con descanso al fin, pienso. Poder relajarse, tomar cerveza y escuchar música hasta la madrugada es un oasis que vale la pena esta resaca. Abro la ventana y miro que hay poca gente en la calle, casi nadie. Tampoco autos en la calle. Esta postal de mi barrio es incomparable, le faltan las cientos de personas, los autos llevándolas de aquí para allá, a comprar, a pasear, a divertirse.

Prendo la tele y en los canales de noticias ya no buscan roscas de pascuas como el año pasado. Ahora analizan la conferencia de prensa que dieron el presidente con el gobernador bonaerense y el jefe de gobierno porteño. Pienso en lo contradictorio del discurso de los gobernantes, hablando de una guerra con tanta paz en el aire. Pero pienso también que parar la economía trae miseria tarde o temprano. Y eso me preocupa porque recuerdo los malos momentos, las miserias pasadas y cómo cambian las relaciones sociales en la miseria y como el trabajo se precariza. Y pienso que todo es peor.

Una guerra basada en la quietud y el encierro. Un “enemigo invisible”, dice el presidente, como si no existieran los microscopios y laboratorios. De pronto el lenguaje bélico copa los medios de comunicación y las charlas entre amigos. Una guerra sin bombas, ni cañones ni aviones: la guerra más barata y efectiva de todas.

Escucho: “No quiero ir a la guerra”, de Flema.

Día 27 – Sábado 11 de abril

“Ahora que sabemos que la cuarentena se va a extender un poco más y vamos acostumbrándonos a que las cosas van a ser a distancia, inauguramos así la Videoconferencia de Herejes”, digo mirando la cámara de la notebook. Y aclaro que el Asado de Herejes que hacemos todos los viernes santos no se suspende, solo se pasa a mejores momentos.

“La extienden por el éxito que está teniendo”, dice Ale y remata con algo sobre el orgullo de votar a este presidente. El Colo lo cruza con datos de la economía y “la gente en la calle buscando comida en los tachos de basura: esa no me la cuentan, lo veo todos los días”. Y todavía faltan los demás.

Durante unos minutos discutimos mucho, pero nos respetamos bastante. Coincidimos en que los empresarios y banqueros argentinos son unas larvas y que haya un 40% de trabajo en negro también es porque los de la CGT son larvas. No se salva nadie, es tarde de catarsis parece. Pero todo se diluye cuando mis amigos cuentan hasta el detalle las cosas que hacen en sus casas durante la cuarentena. Me llaman por teléfono y cuando vuelvo a la compu casi todos se fueron. Alfonso me dice que se va aplaudir porque son las 21hs y se lo agradezco con ironía. Me reta por eso, pero le digo que es un buen gesto que no llega a cambiar la situación por la que pasamos con mis compañeros. Es más, le digo que en cualquier momento nos juntan a los trabajadores esenciales en un estadio y lo llenan de gente para aplaudirnos mientras alguno se muere así se completa el círculo, se concreta la épica que también necesitan los gremios para tener un nombre en una bandera que flamear. Como un circo romano que sirva para sublimar las culpas de todos.

Alfonso me pregunta qué es sublimar, sonríe y se despide, así que saludo y me retiro también.

Escucho: “Viva”, de Los Punsetes.

Día 28 – Domingo 12 de abril

Llamo a lo de mi vieja para saber cómo está y para tranquilizarla un poco. Las noticias le afectan más por el lado trágico, como a todas las personas de su edad. Enseguida atiende mi hermana y corre a la pieza donde reposa nuestra madre.

Sonreímos con los chistes y bromas. Ella festeja mis ocurrencias. Se pierde un poco a veces y pienso en ese actor que decía que por momentos se quedaba a la deriva y que las muestras de amor de sus hijos lo mantenían en tiempo y espacio. Mi vieja es frágil y, más en estos tiempos, se cae de ánimo. No verla me da esa sensación de distancia, de ignorancia de cómo está. Pero, como en esa afección del actor, también tengo los puertos de mi hermana que me ubica en y me sitúa. Y mientras la escucho por el altavoz del celular pienso que mi vieja merece otro presente. En este país, toda persona mayor de setenta años tiene demasiadas lastimaduras en la piel y el corazón.

La saludo, las saludo a las dos y me voy a la pieza para procesar un poco los sentimientos. Para pensar en lo duro que debe ser para ella ser consciente de su estado y tener que tramitar su propia fragilidad.

Apago todo porque no quiero ver, escuchar ni pensar en nada. Pero la melodía me persigue.

Escucho: “Be mine”, de REM.

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