Crónica Prohibido envejecer

El cansancio me gana muchas veces, querido lectorx. Pero no puedo hacer mucho más que compartirlo aquí, rumiar y seguir. Sobreexplotada, marchitada por el paso del tiempo, pero, aun así, trabajando eternamente el asombro. Establecemos que está prohibido envejecer. Porque si no, ¿quién trabaja y qué comemo’?

Por Rita Crass


Vuelve. Luche y vuelve. Escriba y vuelve. Cronistee y vuelve. Explótese y vuelve. Fantasee y vuelve. Finja demencia y vuelve. ¿Luche y vuelve?¿ Quién vuelve y para qué?. Basta de las bandas que vuelven y roban con su falsa historia. Basta de los políticos que vuelven y ya hicieron otra falsa historia. Basta de toda la mentira que nos venden. No se puede estar bien, en un país totalmente dañado. No hay nada bello en la política de crueldad y miserabilidad de hoy, nada. Rita, yo, yo no vuelvo, porque siempre estoy volviendo, recargada. Sobreexplotada, marchitada por el paso del tiempo pero aún así, no resignada. Trabajando eternamente el asombro. ¿Prohibido envejecer?. 

Les vuelvo a contar, que soy cronista, giravaga, trota pequeños mundos de la gente de a pie y maltrecha. Estoy en peores condiciones, tratando de surfear la ola de golpes de la vida. Revisé que en un contenedor había revistas de espiritualidad, la basura en los contenedores no tiene alimento, tiene espiritualidad. ¿Así estamos? Pero con qué espíritu comemos, y quién trabaja. Todas las quejas podrían resumirse en la estupidez del gobierno y su dicho de ¿no hay plata? Roberto Arlt, casi profético –llegando a plena década infame– en la aguafuerte llamada “El pan cesante” nos dice: “No hay plata mi hija…”. Hoy el Mileimato es una funesta estupidez infame.

La semana pasada ocurrieron tres sucesos importantes, la marcha a Olivos que cubrí. Nos echaron a todxs. Siempre es así, la Federal está para ser el perro guardián del Capital y la verdad es que, desde tiempos inmemoriales, yo creo que los esclavos se transformaron en éstos. Sólo que los esclavos no tienen que usar algo tan ridículo como un uniforme. 

Luego estuvo el jueves el paro masivo. El paro me atravesó. Estuve enferma y con mucha gripe, y estoy triste, me duele el alma en este país. Me enfermé por eso. Pero no pienso llorar. Al paro del jueves adherí, mis compañerxs cronistas también; mi jefe maltratador y estúpido no adhiere a nada porque no trabaja, hace que trabaja, y es un ser vil. 

Y lo último, no por eso menos importante: la rica imaginación de los sucesos supuestamente triviales de los días de Mayo que son de frío y apresuran el invierno, como por ejemplo estar en Constitución y preguntar: “¿De qué se queja usted, señora?” Intuyo que su lista es larga, pero la mía también. En principio soñé con una pantera blanca que comía mejor que yo y que manejaba plata, hablaba y manejaba plata. Y no podía quejarme. ¿Qué significará? Pero a su vez, desde Constitución me avisaron del equipo de producción que hubo un choque de un tren, en las vías del ferrocarril San Martín. Chocó el tren contra un furgón sin pasajeros. Por suerte no murió nadie, aunque hubo 60 heridos, 30 graves. Todo esto sin cafés de la mañana. 

Yo, solamente, como cronista que soy, pido un minuto de descanso o un reservorio de sustancias inconexas que me den fuerzas. ¿O acaso quién trabaja y quién sobrevive y qué comemo’?


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